
No 2 Septiembre-Octubre de 1998
Hay mucho de magia humana en mi existencia. Soy como un imán de los siglos hacia el que gravitan disímiles textos, que una vez filtrados por el bien, van a dar a estas hojas. Ideas —en un inicio, dispares— se repelen, se increpan, se miran de reojo, y poco a poco (como obligadas a la convivencia) se van acomodando entre sus puntos comunes, se reconocen, y hasta se gastan alguna que otra broma con tal de resultarte familiar.
Soy fruto de muchos pensadores, mi edad, por tanto, es toda y es ninguna, ya que dependo totalmente del descubrimiento de tu mirada para hacerme presente. Viajando de tus ojos a tu imaginación, entre coincidencias y discrepancias, voy emergiendo como un ente que se nutre de tus reflexiones. Aspiro a escalar hasta ese punto cimero de una idea para dejarte allí una sencilla huella de amor. De ser así, queda en tus manos —es decir en tu interpretación— inmensamente agradecido y eternamente tuyo… El Diablo Ilustrado
“Hay que inventar”, es una frase que escuchamos a cada rato y no precisamente como llave del progreso humano. El invento —para algunos— lejos del resultado de un estudio científico-técnico, es una manera turbia de asumir la vida para sacarle provecho material. De esta manera INVENTAR es el verbo que designa la cualidad de ser “pícaro” —entiéndase por pícaro: buscavidas, negociante, astuto, en fin, el que vive del cuento (sin ser escritor).



